Por: Daniel González
La palabra Baraka proviene del árabe islámico, esta nos remite a algo mas que una simple traducción. Puede entenderse como una bendición, una gracia divina, una energía etérea que habita en los cuerpos en los objetos, en las personas y en los actos, es un deseo que se le brinda a el otro, “Baraka allahu fik” Que dios te de Baraka, es aquello que esta tocado por dios, pero, también algo que se transmite, que circula entre los seres. Desde una idea inicial, el film se nos presenta no solo como un ejercicio visual sino como una experiencia sensorial que intenta capturar esa dimensión invisible que atraviesa nuestra existencia.
El inicio se plantea una relación entre el origen, la contemplación y la conciencia. Una de las imágenes principio nos muestra a un primate observando el vacío, unos segundos después unas tomas del espacio, desde mi perspectiva vi en ellas el tan famoso efecto Kuleshov, además nos evoca un dialogo visual con 2001: A Space Odyssey de Staley Kubrick, el paso del instinto a la conciencia marca un punto de quiebre en la evolución humana.
En este recorrido, la diversidad cultural ocupa un lugar central, este poema audiovisual se rodó en cinco continentes, 24 países donde podemos ver exteriores tan diversos como Tanzania, China, Brasil, Japón, Kuwait, Camboya, Irán y Nepal, el documental no se limita a mostrar diferencias, sino que las pone en relación, esto no se trata únicamente de una suma de culturas, es una experiencia pluricultural donde los distintos modos de vida dialogan entre sí a través de la imagen; la cultural aparece entonces como un conjunto de prácticas vivas: formas de habitar el espacio, de organizar el tiempo, una forma de comprender el mundo a través de símbolos, gestos y paisajes que remiten a algo más profundo que lo inmediato; esta dimensión se vincula con la espiritualidad, entendida como una constante en la experiencia humana, la búsqueda de trascender, de establecer un vínculo con aquello que excede lo material, ya sea a través de la arquitectura, del ritual o de la contemplación de la naturaleza.

Dentro de este entramado, el rito adquiere una importancia fundamental, las ceremonias, las repeticiones y los movimientos colectivos funcionan como estructuras de sentido que organizan la vida social, a través del cuerpo, del gesto y de la acción, se transmiten saberes. El espectador no recibe un mensaje cerrado, sino que construye sentido a partir de lo que percibe, así, la obra amplía la noción de comunicación, mostrando que esta no depende exclusivamente del lenguaje verbal, sino que puede surgir desde la percepción, la emoción y el cuerpo.
Es precisamente en este punto donde esta construcción audiovisual adquiere toda su potencia, a través de composiciones cuidadas, simetrías, puntos de fuga, contrastes de color y formas arquitectónicas, se construye una estética que no solo representa el mundo, sino que lo interpreta. El montaje, entendido como la relación entre imágenes, se convierte en un elemento central de significación, como plantea Sergei Eisenstein, el sentido emerge del choque entre planos, y aquí esa lógica se evidencia en la constante unión entre naturaleza, espiritualidad y modernidad.
Cada encuadre parece responder a una búsqueda de equilibrio y trascendencia. Las construcciones humanas (templos, monumentos, ciudades) aparecen como intentos de aproximación a lo divino, mientras que los paisajes naturales sugieren un orden armónico que no ha sido intervenido, sin embargo, esta relación se transforma progresivamente a medida que el ritmo de la obra cambia.
La lentitud contemplativa del inicio da paso a una aceleración marcada por la repetición y la intensidad visual, desde el punto de vista cinematográfico estos cambios alteran la percepción del espectador, genera un sensación de vértigo, pasar de planos lentos a aceleración y repetición, dándonos esa sensación de una cotidianidad modificada por la velocidad misma en que viven las grandes ciudades capitalistas, los cuerpos se mecanizan, los movimientos se repiten y la vida cotidiana se convierte en una secuencia automatizada, en contraste con los rituales, la modernidad impone un tiempo fragmentado que desarticula las formas tradicionales de habitar el mundo.

En este tránsito, las raíces culturales se ven tensionadas. La relación con lo sagrado se debilita, y aquello que antes estaba ligado a la contemplación y al sentido colectivo se transforma en flujo constante, la aceleración no solo modifica los espacios, sino también las formas de pensar, de sentir y de existir.
En última instancia, lo que emerge es una tensión fundamental: la distancia creciente entre el ser humano y la naturaleza, entre el sentido y la velocidad, entre lo sagrado y lo productivo. Este poema audio visual no ofrece respuestas pero si una forma de observar, de detenerse a percibir nuestro alrededor, a reconocer al otro, a los otros, incluso en medio de tanto vértigo contemporáneo aún es posible encontrar sentido en la relación entre el ser humano, la naturaleza, lo que trasciende.
