Por: Valeria Sepúlveda
Largas jornadas laborales, presión constante y una responsabilidad que no da tregua han convertido el cansancio físico y mental en una realidad cada vez más presente en distintos entornos laborales contemporáneos.
El síndrome de Burnout, también conocido como síndrome del quemado, es el resultado del estrés laboral crónico que no solo deteriora la calidad de vida de quienes lo padecen, sino que también afecta su desempeño, sus relaciones personales y su bienestar integral. En Colombia, fue reconocida como enfermedad laboral en 2014; aunque su comprensión sigue siendo limitada y, en muchos casos, se normaliza como parte necesaria para alcanzar el éxito profesional. Esta es la historia de Andrés*, un trabajador que vivió el desgaste en silencio.
Este síndrome presenta una alta prevalencia entre todas las poblaciones laborales, pero sigue sin prevenirse ni tratarse en debida forma. En Latinoamérica, la revisión sistemática entre 2010-2020 mostró un desinterés general de muchas empresas en salvaguardar la salud mental del trabajador, lo que incrementó la posibilidad de padecer el síndrome, asociado a aumento de horas laborales, exceso de responsabilidades e incapacidad para trabajar bajo presión.
En 2025, Juan Camilo Colorado del diario La República, menciona que se hizo un estudio sobre este síndrome, en latinoamérica afecta a un 13% de los colombianos, y Perú encabeza la lista con el 16%. La pandemia, provocó un aumento en los casos de ansiedad, cansancio y agotamiento por mayores cargas en el trabajo, por lo que el concepto de burnout tomó fuerza para explicar el agotamiento ocasionado por causas laborales. Andrés Pérez fue diagnosticado con síndrome de burnout hace dos años, aunque reconoce que arrastraba síntomas sin identificarlos durante más tiempo. Su cargo como COO implica alta carga laboral, presión constante por resultados, dificultad para poner límites y una autoexigencia muy alta.
Los primeros signos fueron cansancio constante, dificultad para desconectarse del trabajo, irritabilidad y sensación de saturación mental. Perdió entusiasmo por actividades que antes disfrutaba y presentó cambios de humor fuertes: “estar alegre y de un momento a otro súper aburrido”. El punto de quiebre llegó cuando el trabajo dejó de ser motivador y se volvió fuente constante de estrés: “incluso descansando, sentía que no lograba recuperarme. No dormía para nada, el nivel de ansiedad estaba al tope; hasta en ocasiones cuando viajaba y me despertaba por la noche no sabía dónde estaba”.
El impacto laboral se notó en la concentración, la toma de decisiones y la energía general: “Ya no rendía igual, aunque estuviera más tiempo conectado”. En lo personal, le costaba desconectarse, estaba más irritable y menos presente con su familia: “Problemas con mi esposa y con mi hija sin sentido”. No recibió apoyo de la institución ni de Recursos Humanos: “Siento que en las organizaciones todavía hay mucho por hacer en términos de prevención y acompañamiento real frente a estos casos”.
Otros testimonios reflejan el mismo patrón en distintos niveles. Tania Valentina Hernández Zapata, quien es contadora pública, menciona que, en su anterior empresa, “empezaba mi jornada laboral a las 6 de la mañana y terminaba a las 9 de la noche”, con un jefe “maltratador”. Como secuela, no podía dormir y fue diagnosticada con estrés postraumático.
Daniel Herrera Tabares, ingeniero de sistemas, describe jornadas de 7:00 a.m. a 5:15 p.m. que se extienden. En muchas ocasiones, debido a la carga laboral, debe estar disponible las 24 horas del día, y debe alimentarse en su puesto de trabajo, no logra desconectarse del entorno laboral: “en la noche me cuesta conciliar el sueño por estar pensando en el trabajo”.
Para Andrés, el cuerpo avisó antes que la mente. El insomnio, la ansiedad al tope y la desorientación al despertar en viajes, marcaron que ya no era cansancio normal, diversos estudios asocian el burnout con alteraciones del sueño, despertares nocturnos, baja de defensas y mayor riesgo de alcoholismo u otras drogas. También afecciones del sistema locomotor, problemas gastrointestinales, cardiovasculares y cefaleas por la tensión del estrés laboral.
En trabajadores universitarios se halló que el ritmo de trabajo y la inseguridad en las condiciones laborales son los factores de riesgo psicosocial más desfavorables para la salud.
Andrés buscó apoyo profesional, lo que “ha sido clave para entender lo que me estaba pasando y empezar a hacer cambios tanto personales como laborales”. Hoy defiende que no se normalice el desgaste laboral: “A veces uno cree que estar agotado todo el tiempo es parte del ‘éxito’ o del crecimiento profesional, pero no debería ser así. Buscar ayuda, poner límites y escucharse a tiempo puede hacer una gran diferencia”.
Desde la experiencia de Andrés y la evidencia revisada, emergen rutas claras: recibir apoyo profesional individual le permitió a Andrés identificar síntomas y hacer cambios. El síndrome requiere atención clínica porque genera padecimientos físicos y psicológicos que atentan contra la integridad, Él considera fundamental promover culturas laborales donde el bienestar no sea solo un discurso, sino una práctica real. También propone cargas de trabajo más equilibradas, respeto por los tiempos personales, liderazgo más consciente y espacios donde se pueda hablar abiertamente de salud mental. La investigación coincide en que se necesitan intervenciones organizacionales para balancear las demandas del trabajo y del hogar.
Este caso confirma lo que los datos ya muestran: el burnout no es debilidad personal, es el resultado de un entorno que premia la disponibilidad total y castiga el límite. Mientras las empresas no reconozcan que la salud mental sostiene la productividad, seguirán perdiendo a su gente más comprometida. Como dice Andrés: “No lo normalicen”. El primer paso para que el trabajo deje de quemar es dejar de apagar el síntoma y empezar a revisar el sistema que lo enciende.
Su experiencia pone en evidencia una realidad extendida en distintos sectores: la fatiga extrema no es un signo de compromiso, sino una señal de alerta. El síndrome de Burnout sigue creciendo en silencio, alimentado por entornos laborales exigentes y culturas que priorizan la productividad sobre el bienestar. Visibilizarlo, entenderlo y actuar a tiempo no solo es una necesidad, sino una responsabilidad colectiva.
*Nombre cambiado a petición de la fuente.
